martes, 23 de julio de 2013

YORUBA


Algo sore YORUBA

Con la llegada a Cuba de cerca de 1 300 000 esclavos desde África entre 1523 y 1853, la población de Cuba poseyó una fuerte presencia negra. Ya en el siglo XIX, al formarse la nueva identidad cubana, la cultura inicialmente esclava tomó caracteres nacionales. Así los bailes africanos fueron asimilados y hoy pertenecen al acerbo cultural de esa nación.
La mayoría de esas danzas de origen religioso vienen de pueblos lucumíes de cultura yorubá de Nigeria Occidental, cuya religión de la Regla de Ocha o santería adora a santos u orichas, sincretizados en Cuba con los santos católicos. A ellos se le dedican danzas en los rituales que se acompañan con fiestas llamadas wemilere que aúnan los elementos religiosos con los festivos, conocidas como “tambor”, “bembé”, “toque”, etcétera, según el lugar donde se desarrollen y los instrumentos que se utilicen en la parte musical, ya sean los tradicionales tres tambores batá (iyá, okonkolo e itótele), tambores de bembé, güiros, violines, entre otros.
También, según el sitio donde se desarrolla el wemilere y el orden preestablecido del ritual, se le denomina Oru de Eyá Aranla si se efectúa en la sala de la casa o Iban Baló, si se celebra en el patio. Aunque el panteón yorubá es enorme, en la zona occidental de Cuba se rinde tributo a un grupo casi fijo de santos que incluye unas diez o doce deidades, y su descripción individualizada sería demasiado extensa, por ello sólo se presentan los bailes yorubás de los santos principales.
El oricha que abre y cierra los caminos es Elegguá, que se manifiesta como un niño muy travieso, amante de las bromas. Su baile es alegre, con movimientos que semejan desbrozar y copar los caminos en los montes, ayudado por un “garabato”, rama en forma de horqueta que se utiliza para separar las hierbas.
Changó es el oricha del fuego, el rayo y la virilidad. Su danza es muy sensual y masculina, exalta movimientos eróticos de la pelvis, los genitales y la lengua, así como acciones con los brazos que simulan rayos que baja del cielo.
El dios del trueno, los metales y el monte es el guerrero Oggún. Este oricha baila mimetizando su permanencia en el bosque con movimientos muy fuertes que recuerdan el uso del machete como objeto de labor o instrumento de guerra.
La madre de los orichas es Yemayá, diosa de la maternidad y de las fuerzas de los mares. Su imagen de maternidad universal se refleja en su danza tranquila, reposada, pero también tiene giros concéntricos agitados, en dependencia de la fuerza que traiga el mar, acentuados por el movimiento de su falda azul y blanca recordando olas marinas.
La oricha de la sensualidad, el amor y las aguas dulces es Ochún, coqueta, amante de las prendas de oro y de la conquista de los dioses varones. Su danza es alegre y desenfadada, agita su cabeza erguida hacia ambos hombros, muestra sus pulsos dorados, se abanica e imita bañarse en el río, provocando no pocas riñas entre quienes se la disputan.
Babalú Ayé es el oricha de las enfermedades, por lo que arrastra sus pies, finge contorsiones de dolor, la cabeza se inclina hacia el pecho y basa su equilibrio en las muletas debajo de cada brazo. Sus movimientos son torpes y reflejan cansancio y sufrimiento.
La armonía y la paz en el panteón yoruba la rige Obatalá, dueña del color blanco. Se presenta como hombre o mujer: en tanto hombre, puede ser un joven o un anciano con el sentido guerrero que lleva a su danza; en tanto mujer, exalta la paz, la justicia y la humildad.
Hijos de Changó y Ochún, los Ibeyis son dioses menores que aparecen como jimaguas; su danza imita niños que alzan sus manos para pedir caramelos y confituras.
Padre de Changó –aunque algunos lo consideran su sirviente–, Aggayú Solá sincretiza en la religión católica con San Cristóbal, patrono de La Habana, mientras que en Santiago de Cuba lo hace con San Miguel Arcángel. Su danza es muy varonil, guerrera y con ciertos toques paternales, baila con un niño sobre sus hombros y lleva en una mano un bastón con el cual golpea el piso según el ritmo del tambor. Su abdomen permanece erguido mientras sus hombros se mueven en círculos cuando lleva cargado al niño y los pies se mueven con pasos de marcha con ligera flexión de la rodilla, deslizando el derecho hacia atrás y el izquierdo apoyado con la planta hacia delante.
Otra importante oricha de la cultura yoruba es Oyá, la abuela de Elegguá y mujer de Changó. Sincretiza en Santa Teresa de Jesús o la Virgen de la Candelaria en La Habana, y con la Virgen del Carmen y Santa Clara en Santiago de Cuba. Es la dueña de los remolinos y de los relámpagos; su vínculo con Changó la hace una de las diosas guerreras y reina en las puertas del cementerio, por lo cual también se le considera entre las diosas “muerteras”. Su danza es rica en pasos, siendo básico el desplazamiento del pie izquierdo por el piso recayendo el peso del cuerpo sobre el derecho con flexión de rodillas. Oyá lanza gritos y realiza movimientos violentos simulando el viento arremolinado y evidenciando su fortaleza; en su mano derecha esgrime el iruke (especie de escobilla o rabo de caballo) sobre la cabeza en forma circular o lo utiliza para “limpiar” a los observadores, mientras su mano izquierda la apoya en la cintura o sostiene la falda de múltiples colores. Realiza movimientos ondulatorios con el abdomen y el torso, así como giros rápidos hacia la izquierda y estremecimientos con el toque de los tambores.
Algo sore YORUBA Con la llegada a Cuba de cerca de 1 300 000 esclavos desde África entre 1523 y 1853, la población de Cuba poseyó una fuerte presencia negra. Ya en el siglo XIX, al formarse la nueva identidad cubana, la cultura inicialmente esclava tomó caracteres nacionales. Así los bailes africanos fueron asimilados y hoy pertenecen al acerbo cultural de esa nación. La mayoría de esas danzas de origen religioso vienen de pueblos lucumíes de cultura yorubá de Nigeria Occidental, cuya religión de la Regla de Ocha o santería adora a santos u orichas, sincretizados en Cuba con los santos católicos. A ellos se le dedican danzas en los rituales que se acompañan con fiestas llamadas wemilere que aúnan los elementos religiosos con los festivos, conocidas como “tambor”, “bembé”, “toque”, etcétera, según el lugar donde se desarrollen y los instrumentos que se utilicen en la parte musical, ya sean los tradicionales tres tambores batá (iyá, okonkolo e itótele), tambores de bembé, güiros, violines, entre otros. También, según el sitio donde se desarrolla el wemilere y el orden preestablecido del ritual, se le denomina Oru de Eyá Aranla si se efectúa en la sala de la casa o Iban Baló, si se celebra en el patio. Aunque el panteón yorubá es enorme, en la zona occidental de Cuba se rinde tributo a un grupo casi fijo de santos que incluye unas diez o doce deidades, y su descripción individualizada sería demasiado extensa, por ello sólo se presentan los bailes yorubás de los santos principales. El oricha que abre y cierra los caminos es Elegguá, que se manifiesta como un niño muy travieso, amante de las bromas. Su baile es alegre, con movimientos que semejan desbrozar y copar los caminos en los montes, ayudado por un “garabato”, rama en forma de horqueta que se utiliza para separar las hierbas. Changó es el oricha del fuego, el rayo y la virilidad. Su danza es muy sensual y masculina, exalta movimientos eróticos de la pelvis, los genitales y la lengua, así como acciones con los brazos que simulan rayos que baja del cielo. El dios del trueno, los metales y el monte es el guerrero Oggún. Este oricha baila mimetizando su permanencia en el bosque con movimientos muy fuertes que recuerdan el uso del machete como objeto de labor o instrumento de guerra. La madre de los orichas es Yemayá, diosa de la maternidad y de las fuerzas de los mares. Su imagen de maternidad universal se refleja en su danza tranquila, reposada, pero también tiene giros concéntricos agitados, en dependencia de la fuerza que traiga el mar, acentuados por el movimiento de su falda azul y blanca recordando olas marinas. La oricha de la sensualidad, el amor y las aguas dulces es Ochún, coqueta, amante de las prendas de oro y de la conquista de los dioses varones. Su danza es alegre y desenfadada, agita su cabeza erguida hacia ambos hombros, muestra sus pulsos dorados, se abanica e imita bañarse en el río, provocando no pocas riñas entre quienes se la disputan. Babalú Ayé es el oricha de las enfermedades, por lo que arrastra sus pies, finge contorsiones de dolor, la cabeza se inclina hacia el pecho y basa su equilibrio en las muletas debajo de cada brazo. Sus movimientos son torpes y reflejan cansancio y sufrimiento. La armonía y la paz en el panteón yoruba la rige Obatalá, dueña del color blanco. Se presenta como hombre o mujer: en tanto hombre, puede ser un joven o un anciano con el sentido guerrero que lleva a su danza; en tanto mujer, exalta la paz, la justicia y la humildad. Hijos de Changó y Ochún, los Ibeyis son dioses menores que aparecen como jimaguas; su danza imita niños que alzan sus manos para pedir caramelos y confituras. Padre de Changó –aunque algunos lo consideran su sirviente–, Aggayú Solá sincretiza en la religión católica con San Cristóbal, patrono de La Habana, mientras que en Santiago de Cuba lo hace con San Miguel Arcángel. Su danza es muy varonil, guerrera y con ciertos toques paternales, baila con un niño sobre sus hombros y lleva en una mano un bastón con el cual golpea el piso según el ritmo del tambor. Su abdomen permanece erguido mientras sus hombros se mueven en círculos cuando lleva cargado al niño y los pies se mueven con pasos de marcha con ligera flexión de la rodilla, deslizando el derecho hacia atrás y el izquierdo apoyado con la planta hacia delante. Otra importante oricha de la cultura yoruba es Oyá, la abuela de Elegguá y mujer de Changó. Sincretiza en Santa Teresa de Jesús o la Virgen de la Candelaria en La Habana, y con la Virgen del Carmen y Santa Clara en Santiago de Cuba. Es la dueña de los remolinos y de los relámpagos; su vínculo con Changó la hace una de las diosas guerreras y reina en las puertas del cementerio, por lo cual también se le considera entre las diosas “muerteras”. Su danza es rica en pasos, siendo básico el desplazamiento del pie izquierdo por el piso recayendo el peso del cuerpo sobre el derecho con flexión de rodillas. Oyá lanza gritos y realiza movimientos violentos simulando el viento arremolinado y evidenciando su fortaleza; en su mano derecha esgrime el iruke (especie de escobilla o rabo de caballo) sobre la cabeza en forma circular o lo utiliza para “limpiar” a los observadores, mientras su mano izquierda la apoya en la cintura o sostiene la falda de múltiples colores. Realiza movimientos ondulatorios con el abdomen y el torso, así como giros rápidos hacia la izquierda y estremecimientos con el toque de los tambores.

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